A Short Story for Elsa

A esta altura de mi vida ya ni me pregunto, qué hacía yo revisando viejos libros y escritos en esa librería que había descubierto casi por casualidad, pues la respuesta es simple, me encanta, me atrapa, y me subyuga esa suerte de  ritual que, ya de antemano supone que voy a perder la noción del tiempo al sumergirme en las polvorientas pilas de libros y revistas.

 

Me gustó la entrada, una gruesa y pesada puerta de madera que tenía una gastada placa de bronce de unos 20 cm. que decía: “Librería”. Pero en realidad, lo que me llamó la atención fue la pequeña vidriera, con un sencillo cartelito en madera pintada que rezaba: “Libros Antiguos, Revistas Usadas, Cartas Personales”. ¿Cartas personales?, me pregunté, y como innato buscador de historias, me fue imposible resistirme.

El dueño, allí presente, me recibió con amabilidad, y por unos instantes no pude apartar mi vista de él. Cabello blanco, lacio y tupido que casi llegaba a los hombros, barba blanca recortada en punta, y una delgada figura enfundada en un impecable traje negro que tendría, a juzgar por el corte y la tela, no menos de 20 años. Un clásico moño negro al cuello en contraste con una camisa blanca, completaban la imagen de un hombre esbelto y elegante, venido de otro tiempo.

-¿En qué puedo ayudarlo?- me preguntó con voz pausada y una intrigante mirada cuyos ojos, de un celeste cielo, parecían abarcar todo.

 

-Acabo de descubrir este asombroso lugar y quise entrar a conocerlo- respondí.

-Mire con tranquilidad- me contestó –y si necesita algo puede preguntarme-

-Gracias, si, ahora que lo menciona, me llamó la atención lo de las “Cartas  Personales”-

-Ah, sí, interesante, tengo algunas que llegan a tener 200 años de antigüedad-.

Mis ojos brillaron ante el comentario y seguro lo notó, porque con una sonrisa de asentimiento me dijo: -venga por aquí, en este sector están ordenadas por idioma. Tengo cartas en español, inglés, alemán, francés y aunque no lo crea, tengo cuatro escritas en chino clásico, que fueron las últimas que una consorte china escribió a su amante holandés. Una bella historia para un amor imposible. Pero, disculpe, no lo distraigo más, tómese su tiempo caballero- Me dijo, y agregó: -La única condición es que no puede abrirlas aquí. Si Ud. decide comprar alguna, debe abrirla fuera de la librería, y lo mejor es en su propia casa-

-Claro, entonces el contenido es una incógnita- dije.

-Excepto para mí- me contestó con una sonrisa breve pero intrigante.

Apenas atiné a decir –Gracias- y ya estaba intentando ver por donde comenzar, cuando con mi brazo tumbé una pequeña pila de cartas atadas con una banda elástica y un cartelito en lápiz que decía: “Cartas en inglés”. La levanté del piso y al hacerlo me llamó la atención el primer sobre blanco lleno de polvo, que apenas dejaba ver un encabezado escrito con lapicera en una deslucida tinta azul: “A Short Story for Elsa”.

Di vuelta el sobre y se me escapó un: ¡Guau! al leer en el anverso: “Entregada por Daniel”. ¡Increíble!, pensé, Daniel es mi nombre. Una hora después estaba sentado en el sillón de mi biblioteca mirando el sobre aún no abierto. Al fin, me decidí a hacerlo y lo primero que noté fue la suavidad del papel, casi como la seda, y luego, la letra, de una caligrafía cuya belleza y armonía era algo indescriptible.

Es imposible para mí saber quién podrá ser el ocasional destinatario de estas líneas, pero, aunque me he tomado la libertad de conservar el título original en inglés tal como está escrito en el frente del sobre, he preferido traducir el contenido al español, de la manera más fiel que mis conocimientos del idioma inglés me lo han permitido. Creo sin embargo, que esta pequeña licencia no ha alterado para nada el espíritu de la historia que relato a continuación.

Esto es lo que decía la carta:

 

En algún lugar difícil de definir a los 17 días del mes de agosto del año 1970.

 

Querida amiga Elsa

 

He decidido escribir esta carta, porque es la única forma que pude encontrar para tratar de entender que fue lo que sucedió durante mi estada en Namibia. Todavía estoy muy confundida, incluso, hasta hace poco tiempo atrás me preguntaba si no estaría loca.

Tu, querida amiga, lectora empedernida, sabes que es anhelo de todo escritor cautivar la atención de los lectores con una gran historia, y detrás de ese objetivo, no importa si la trama discurre en la ficción o la realidad, o acaso ambas, pero también sabes, que sólo unos pocos escogidos tienen el don de cautivar con la palabra escrita.

Por otro lado, pese a que yo escribo sobre investigación científica desde hace varios años, debo reconocer que todavía estoy choqueada, porque nunca en mi vida había tenido una experiencia como la que te voy a relatar ahora. Y aunque tú conoces mi rigurosidad en las cosas de la ciencia y mi escepticismo frente a lo que ésta no pueda demostrar, puedo asegurarte que todos los hechos ocurrieron realmente como te los voy a narrar.

Antes de comenzar, quiero que sepas que abrigo la esperanza que mis padres puedan superar el hecho que yo no haya regresado a casa, y me duele pensar que ellos nunca comprenderán los auténticos motivos. Deseo fuertemente que la tristeza o el enojo no aniden en sus corazones. También quiero decirte que a pesar que ya no nos volveremos a ver personalmente, estarás en mi corazón para siempre y puedes contar conmigo cada vez que me necesites.

Todo comenzó hace cinco años, cuando me encontraba a mitad de mi largo viaje por África, intentando completar mi investigación sobre “Perfiles humanos”, que era el tema central de la tesis de mi carrera de Antropología. Durante esos días, te aseguro que no podrás imaginar como recordaba mis largas conversaciones contigo, tus vívidas memorias, caminando entre leones y otras criaturas salvajes,  en compañía de nativos, en esa mágica tierra que hubo de cobijarte por algunos años. Amiga mía, porque tú has estado allí, sabes de qué estoy hablando; estoy hablando de naturaleza pura, misticismo, tradición, en un lugar donde la relación entre el ser humano y el entorno natural puede provocar que a uno se le erice la piel, en un sitio del mundo donde lo ordinario es siempre extraordinario.

Ocurrió en el ocaso de uno de esos días, bajo la luz de una prodigiosa luna brillando sobre la sabana. Estaba sola, a escasos cincuenta metros del campamento principal caminando en busca de un buen lugar para tomar una fotografía. De pronto, una extraña sensación a mis espaldas me hizo dar vuelta, al tiempo que una nube de pequeñas y brillantes luces me envolvió completamente. Y hasta allí llegan mis recuerdos de esa noche, porque inmediatamente perdí el conocimiento.

Dos días más tarde, por la mañana, desperté tendida en una litera de la gran carpa principal, rodeada por todos los miembros que componían el grupo de trabajo e investigación: Takako, la especialista en etnología, oriunda de Osaka a quien tú conoces muy bien; Phileas, el médico generalista, un británico de rostro amable; Mombasa, nuestro guía, un gigante de ébano de penetrante mirada; Adele, una alemana, doctora en historia, especializada en religiones africanas, y Williams, el suspicaz botánico australiano. Sus rostros se movían entre el asombro y la perplejidad.

Takako se acercó.

-Hey, estás bién?-

-Sí, me siento muy bien, ¿por qué?-

-Bueno, has estado durmiendo durante dos días, ¿recuerdas que te pasó la otra noche?- Me preguntó.

-No, bueno, si, un poco. Caminaba tratando de encontrar un lugar para tomar una fotografía cuando algo así como una nube de pequeñas luces, como si fueran luciérnagas, me envolvió completamente. Nada más-

-Mírate- Susurró Takako, alcanzándome un pequeño espejo de mano.

-¿Por qué?- Pregunté con incertidumbre en mi vos-

-No tengas miedo, echa un vistazo- Me dijo.

Lentamente alcé el espejo a la altura de mi rostro y no podía creer lo que estaba viendo. Todo el contorno de mi cabeza y mi cara estaban envueltos en diferentes colores que se movían en forma de suaves ondas, cambiando del blanco al verde, al plata, al violeta. Recién al ver esto, noté que en mi interior una corriente suave, cálida, recorría hasta el último rincón de mi cuerpo, produciéndome una curiosa sensación de placer. Algo ciertamente difícil de describir.

-¿Qué me está pasando?- Pregunté, sin dejar de observarme en el espejo.

-Lo único que sabemos, es que esa noche tardabas en regresar, entonces Mombasa salió a buscarte y te halló desmayada y totalmente desnuda sobre la gramilla. Cuando Mombasa te trajo al campamento, Phileas te efectuó un chequeo general y comprobó que todos tus signos vitales estaban en orden, razón por la cual tomó la decisión de aguardar hasta que despertaras, pero manteniéndote bajo vigilancia médica.

-Sí, pero, algo no está bien, quiero decir, me siento muy bien, quizás como nunca antes, pero sé que algo raro está sucediendo-

-Bueno, eso atrajo nuestra atención- dijo Phileas. -No sólo los colores cambiando sobre todo tu cuerpo, sino la forma y el movimiento, casi como ondas permanentes-

-¡Un momento!- dijo Takako. –Ahora los colores continúan en movimiento, pero no cambian, ¡miren!-

-Sí, tienes razón, tal vez….déjenme intentar algo, por favor, retrocedan algunos pasos y no se muevan- agregó Phileas.

El grupo se alejó de la litera unos dos metros y paulatinamente los colores se fueron esfumando excepto dos. En ese momento la totalidad de mi cuerpo fue cubierto por una especie de aura blanca y dorada que flotaba con un suave movimiento a unos quince centímetros sobre mi piel.

-Ahora voy a acercarme hacia ti- dijo Phileas –y veamos que sucede-

Inmediatamente, en mi interior volví a sentir la misma corriente energética, y Phileas dijo:

-¡Observen!, un nuevo color está apareciendo, es violeta, no, no sólo violeta, rojo también. Es increíble-

-I Tongo, I Tongo- Sonó la voz de trueno de Mombasa, el imponente guerrero zulú, que estaba de pie al fondo.

-¿Qué significa eso Mombasa?- Preguntó William, el botánico australiano.

-Yo sé lo que significa- interrumpió Adele, y agregó –De acuerdo al pueblo zulú, dentro del cuerpo reside un espíritu y dentro de éste, la chispa universal, a la que llaman I Tongo. Es algo así como la última reencarnación del ser humano, cuando éste ha alcanzado el más alto nivel espiritual. El destino final de la humanidad es justamente la reunificación con I Tongo-

-Esperen un momento, Uds no creerán eso- Dijo Williams.

-No es ninguna leyenda- Dijo Mombasa con voz firme.

-De acuerdo, ¿qué sabes tú acerca de ello?- Preguntó Phileas a Mombasa.

Lo que ocurrió luego es, simplemente increíble, porque comencé a hablar en lengua shona con Mombasa, pero la cuestión es, que yo nunca había estudiado esa lengua.

 

Esto fue lo que sucedió:

Mombasa caminó hacia mi litera y mirándome dijo: -Titanbire (bienvenida)

-Mazviita (Gracias)- Respondí.

-Muri kataura chisona here (Habla Ud. shona)- Dijo Mombasa.

-Aiwa (No), Hongu (Si), Handizivi hamheno (No lo sé). Lo siento, estoy confundida-Respondí, y luego le dije –Tairauwo chirungu Mombasa (Por favor hablemos en inglés).

Y Mombasa dijo –La historia es verdad y ha pasado de generación en generación. Mi padre me contó que sus ancestros le dijeron que I Tongo, vendría a nosotros en este siglo para sanar a la humanidad, tomando la apariencia de la Señora del Aura-

-¿Sanar a la humanidad?, ¿Señora del Aura?, vamos Mombasa, esas son tonterías- Dijo Williams.

-Por favor, por favor, necesitamos pensar- dijo Phileas, y acercándose a mi litera agregó: -Martina, ¿podrías decirnos en detalle, qué es lo que sientes cuando alguien se acerca a ti?-

-Siento una corriente cálida en mi interior-

-¿Algo más?- Preguntó Takako.

Mirándolos a todos, respondí: -Tengo la sensación de saber qué está ocurriendo-

-¿Qué?- Dijo Williams.

-No sé por qué o cómo, pero mi cuerpo refleja los colores del aura de cualquier persona cercana a mí, y eso no es todo, creo que puedo decir si alguien está sano o tiene alguna enfermedad, y aunque parezca algo loco, eso es lo que siento- dijo Martina.

-Eso no es posible; debe ser tu imaginación debido al shock- dijo Williams.

-Por ejemplo- dije –Ahora puedo ver que Takako tiene un embarazo de 30 días y va a tener una niña. Puedo ver también, que Williams no debería preocuparse por su corazón, porque sus arterias coronarias están limpias, que sólo está estresado-.

Se hizo un gran silencio cuando me levanté de la cama.

-Dios mío, esto no es posible- dijo Phileas.

-Jesús Cristo- dijo Takako.

Mombasa se postró de rodillas elevando sus brazos hacia el cielo.

En ese momento, una indescriptible sensación de paz se apoderó de mí, al mismo tiempo que comenzó a sentirse un envolvente perfume de rosas en todo el ambiente. Phileas, entonces, levantó su mano izquierda y señaló hacia mis pies.

Cuando miré hacia abajo me di cuenta que, literalmente estaba flotando sobre el piso, envuelta por un aura blanca y brillante que cubría todo mi cuerpo. Mis compañeros, atónitos, no daban crédito a lo que veían. Era como si mi mente estuviera en todo mi cuerpo, en cada célula. Podía pensar y sentir con cada parte de mí, percibiendo una muy grande sonrisa interior que desde mi vientre se esparcía por todo mí ser, y sin que pensara en ello, mi cuerpo, envuelto en ese aura maravilloso, se fue desplazando hacia el exterior de la carpa, pasando entre la mudez inconmovible de mis compañeros.

Querida amiga, hasta aquí llega mi relato. Quiero decirte que estoy bien y nunca te olvidaré.

Te quiero con todo mi corazón.

Martina.

A miles de kilómetros de su recordada África y con un escenario totalmente diferente, en su casa de Ushuaia, una pequeña ciudad del extremo sur de la Argentina, Elsa abrió sus ojos con una sonrisa dibujada en el rostro. Había dormido como nunca antes. Estaba segura que Martina había estado allí realmente, en su cuarto, y podía oler un tenue perfume de rosas, ¿o fue tal vez un hermoso sueño?

Muchos pensamientos acudieron a su mente, recordando cuando Martina había desaparecido en Namibia, hacía cinco años, dejando detrás una cantidad de reportes y noticias confusas. Ahora, Elsa sabía la verdad acerca de lo sucedido, pero, ¿cómo…?

Sentimientos y emociones fuertes danzaban en su mente, mientras lentamente fue corriendo las tibias sábanas, ya era hora de levantarse; se sentó en el borde de la cama y algo llamó su atención en la mesa de luz. Un sobre blanco, en cuyo frente podía leerse ¡Querida Elsa! Lo miró fijamente, casi sin sorprenderse. Tomó el sobre y sin abrirlo lo apretó contra su pecho, al tiempo que sus ojos se cerraron anunciando el esbozo de una lágrima. El perfume de rosas invadió mágicamente la habitación. Elsa se encogió de hombros suavemente y un –Te quiero amiga mía- brotó de sus labios.

 

 

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