A Short Story for Elsa

A esta altura de mi vida ya ni me pregunto, qué hacía yo revisando viejos libros y escritos en esa librería que había descubierto casi por casualidad, pues la respuesta es simple, me encanta, me atrapa, y me subyuga esa suerte de  ritual que, ya de antemano supone que voy a perder la noción del tiempo al sumergirme en las polvorientas pilas de libros y revistas.

 

Me gustó la entrada, una gruesa y pesada puerta de madera que tenía una gastada placa de bronce de unos 20 cm. que decía: “Librería”. Pero en realidad, lo que me llamó la atención fue la pequeña vidriera, con un sencillo cartelito en madera pintada que rezaba: “Libros Antiguos, Revistas Usadas, Cartas Personales”. ¿Cartas personales?, me pregunté, y como innato buscador de historias, me fue imposible resistirme.

El dueño, allí presente, me recibió con amabilidad, y por unos instantes no pude apartar mi vista de él. Cabello blanco, lacio y tupido que casi llegaba a los hombros, barba blanca recortada en punta, y una delgada figura enfundada en un impecable traje negro que tendría, a juzgar por el corte y la tela, no menos de 20 años. Un clásico moño negro al cuello en contraste con una camisa blanca, completaban la imagen de un hombre esbelto y elegante, venido de otro tiempo.

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